!Oh Dios!, tú eres mi Dios, por ti madrugo,
mi alma está sedienta de ti mi carne tiene ansias de ti,
como tierra reseca, agostada, sin agua.
!Cómo te contemplaba en el santuario viendo tu fuerza y tu gloria!
Tu gracia vale más que la vida, te alabarán mis labios.
Toda mi vida te bendeciré y alzaré las manos invocándote.
Me saciaré de manjares exquisitos, y mis labios te alabarán jubilosos.
En el lecho me acuerdo de ti y velando medito en ti,
porque fuiste mi auxilio, y a las sombras de tus alas canto con júbilo;
mi alma está unida a ti, y tu diestra me sostiene.
Gloria al Padre al Hijo y al Espíritu Santo.
Como era en un principio,
ahora y siempre, por los siglos de los siglos. Amén.